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HACIA EL ESPÍRITU DE LA LITURGIA: UNA BÚSQUEDA (III) REFLEXIONES CON ROMANO GUARDINI.

HACIA EL ESPÍRITU DE LA LITURGIA: UNA BÚSQUEDA (III) REFLEXIONES CON ROMANO GUARDINI.

Hemos insistido previamente (ver artículos anteriores) en el carácter de vida media de la oración litúrgica. En el fundamento racional que prima en sus formas. En su ser expresión normativa e indisponible -¡objetiva!- de la unidad de fe del pueblo que cree.

Nos preguntaremos ahora cómo ha de ser la oración para que pueda –simultáneamente- provocar un movimiento interno y uniforme en el alma de una multitud, y lograr que éste sea persistente y continuado. Para responder, tomemos como modelo la oración en coro, de la celebración dela Liturgiade las horas.

En primer lugar, se vislumbra un hecho indiscutible: la participación activa de todos. En su recitación, existe una exigencia de atención que no es menor. Como toda actividad temporal –y cuál de nuestras actividades no lo es-, puede transcurrir casi en la inconciencia. Se rezó, pero ¿fue realmente oración? ¿no habrá sido un balbuceo casi automático, como el de la reproducción de un CD mental que no caló en las profundidades de la propia vida interior?  A nivel de recitación coral, esto es de especial importancia, porque el desarrollo colectivo de la oración depende de la co-laboración  de todos los presentes.

En segundo lugar, si se repara en el contenido de la salmodia y de las oraciones, se captará su dramatismo, como partes insoslayables de la historia de salvación que Dios ha ido tejiendo con los hijos de los hombres. He aquí también el cimiento de su propuesta dialogal, como representación de la conversación amorosa de Dios con su creatura. Y, del mismo modo, de su perfil progresivo, expresión de las diversas etapas de aquella historia: desde la economía de la antigua alianza hacia la consumación final. Podemos notar, por ejemplo, que la petición final de las preces de las  vísperas está siempre referida a la salvación de los que –durmiendo el sueño de la paz- nos han precedido por el camino de la fe. Detrás de esta referencia, está también la toma de conciencia personal sobre los límites de la propia vida (por algo las vísperas se rezan al caer la luz de la tarde, que evoca el ocaso del tiempo). O notar que el bloque de lecturas bíblicas de las horas mayores concluye con un cántico evangélico –¡Cristo culmen!-, signo de resurrección (¡de pie!, resucitados).

En su intimidad, la Liturgia aparece, ante nosotros, como un tesoro rico en contenidos,  capaz de suscitar hondos sentimientos y emociones, cuando logramos auscultar los latidos silenciosos del corazón misericordioso de Jesús presentes en sus humanas expresiones. Por el misterio de la encarnación del Señor, plásticamente representada en tal Corazón, la Liturgia aúna dos poderosas fuerzas de la vida humana: naturaleza y cultura.

La naturaleza humana –lo que es el ser humano- aparece en la oración, con todas sus grandezas, con todas sus flaquezas. Paulatinamente, la oración litúrgica (penitencia-reparación, adoración, acción de gracias y súplica confiada)  ha de des-cubrir al hombre su realidad más definitiva y definitoria: su indigencia creatural, absolutamente dependiente de Dios. No es éste un camino fácil, ya que se presenta como un retorno a la condición primaria y más radical del ser: al momento de mayor vulnerabilidad humana, al barro, al polvo, a la debilidad asumida por el Hombre-Cristo, maestro de oración, verdadero hombre, verdadero Dios.

La cultura – entendida como síntesis de todos los valores producto del esfuerzo creador, trasformador u ordenador del hombre, como son las artes, las ciencias, las instituciones sociales, entre otras- queda patente en el desarrollo litúrgico experimentado a lo largo de los siglos.La Liturgia toda respira cultura, en sus formas operativas, narrativas y líricas. Encierra una riqueza cultural enorme -desde la composición bimilenaria de sus textos hasta el detalle en la confección de los manteles que cubren los altares del Señor. La formación cultural es necesaria, por lo anterior, para comprender el espíritu dela Liturgia transparentado en sus rasgos exteriores. Sin cultura, todo lenguaje –más aún el litúrgico- se hace indescifrable, silencio inerte.

Toda vida media espiritual que pretenda conservar su fuerza y fecundidad, necesita no sólo un indispensable matiz, sino un alto nivel de auténtica y verdadera cultura. La vida espiritual  (gratia) requiere, para su equilibrio y saludable vigor, el fundamento de una sólida naturaleza (natura): el reconocimiento cierto de nuestro ser humus, la humildad como principio de verdad  y sustento de todo el edificio del espíritu. Volvemos aquí a Santo Tomás: Gratia supponit naturam.

 

Gustavo Álamos Leal

1º de teología

 


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